Extraños compañeros de cama

Una semana después de la anunciada muerte de Osama bin Laden, ya nadie duda de que la primera y mayor consecuencia en la arena internacional de la operación “Gerónimo” es el desgaste de la relación entre Pakistán y Estados Unidos, hasta la fecha constituida como un peculiar matrimonio de conveniencia que evitaba mirarse a los ojos y optaba por convivir sin hacerse más preguntas de las necesarias. El riesgo de divorcio, no obstante, parece escaso. Aunque este domingo, el presidente norteamericano, Barack Obama, pidió explicaciones con dureza a Islamabad, y colaboradores como el asesor de Seguridad Nacional, Thomas E. Donilon, admitieran que los Servicios Secretos y el Ejército pakistaní han limitado su cooperación y puesto trabas al acceso a cierta información relevante, la secretaria de Estado Hillary Clinton dejó claro que el lazo no se quebrará: “Nunca ha sido una relación fácil. Nuestros gobiernos, nuestros militares y nuestras agencias de imposición de la ley van a seguir cooperando”. La pregunta es ahora, entonces, a qué nivel y en qué condiciones.

El mismo debate ha surgido en la prensa pakistaní, donde algunos analistas como Marvi Simed opinan que la actual polémica debe aprovecharse para acometer una reestructuración profunda en el seno de este joven país, y en particular en el papel de sus Fuerzas Armadas y servicios de seguridad, que desde hace años controlan la política nacional, tanto exterior como interior. Según la escritora, para la Casa Blanca la eliminación del terrorista más buscado del mundo “no va a cambiar en nada su relación con Pakistán si este país mantiene su status quo en la estrategia global contra el terrorismo; pero para los pakistaníes es importante salir de este asunto indemnes, con una actitud más retrospectiva, reflejados y transformados para poder reparar así el daño que ha sufrido su ya emborronada imagen”.

El núcleo de su argumento se asienta en la idea de que “ha llegado el momento adecuado” para emprender la reforma del entramado de Defensa y Seguridad, en su opinión obsoleto y anclado en los años setenta. “Pakistán necesita restablecer su integridad en el marco de las naciones y contribuir a erradicar el terrorismo de su territorio. Y por último, debe revisar la estructura y funcionamiento de todo su aparato de seguridad”, insiste.

Las Fuerzas de Seguridad en Pakistán están dirigidas desde el ministerio de Defensa. Por debajo, una comisión parlamentaria supervisa su acción. Sin embargo, por encima de estas dos instituciones domina el Ejército, que desde hace 60 años interfiere sin tapujos en los asuntos políticos del país. La reforma “no debe limitarse a desvincular los servicios secretos y los aparatos de Seguridad de la política, sino que debe revisarse la autoridad y las funciones de los servicios de inteligencia (ISI)”, verdadero poder fáctico del país, asegura.

El ISI ha sido (y aún es) el factótum de la política pakistaní. Se ha escrito mucho (y demostrado) su crucial intervención en la creación de los grupos de muyahidin formados -con ayuda de la CIA- en la década de los pasados ochenta para combatir la presencia soviética en Afganistán, y que fueron el germen de Al Qaeda. Nada se mueve en Pakistán sin que el podeoso y omnipresente ISI lo sepa. Los servicios secretos norteamericanos lo saben, y por ello ahora recelan de que estuviera durante seis años “in albis” sobre el paradero de un personaje del calibre de Bin Laden. Pese a que la colaboración no se ha interrumpido en ningún momento, las suspicacias se han multiplicado en el último lustro. Así se explica que Estados Unidos evitara informar a Islamabad de la operación contra el líder terrorista hasta que ésta estaba en marcha. “Conocemos como trabajan. Las probabilidades de que hubiera una fuga (de información) eran muy altas”, me explica un miembro de las fuerzas de Inteligencia de una embajada europea en la zona.

El Ejército pakistaní ha trazado también otras líneas rojas que los políticos no están autorizados a traspasar. Una es la relación hostil con la India (que permite a la casta militar mantener su estatus de poder); otra es la obligación de que el apoyo a la estabilidad de cualquier gobierno que se forme en Kabul dependa de su grado de amistad con Islamabad. Afganistán debe ser un país aliado, capaz de servir de colchón con el archienemigo indio, o no ser. Esa es la teoría.

Los analistas locales coinciden en que existen dos grandes perdedores en la operación “Gerónimo”: el propio Ejército y sobre todo su jefe de estado mayor, General Ashfaq Parvez Kayani, quien en los últimos días no ha cesado de criticar tanto a Estados Unidos como a la India, a los que ha advertido de las “peligrosas consecuencias” que podría tener “cualquier tipo de aventura”. Presionado, es consciente de que el hecho de que el escondrijo de Bin Laden se hallara a relativa poca distancia de un cuartel en Abbottabad y de que las defensas fueran incapaces de detectar la incursión en su propio territorio han empañado la imagen de la única institución que hasta la fecha conservaba cierta credibilidad entre la población.

“En este momento de la historia, el liderazgo militar y los partidos políticos necesitan actuar juntos. Deseo que aquellos que convocaron una marcha hacia la Judicatura lo hagan para (pedir) reformas fundamentales. Todas las fuerzas políticas, incluidos las que no tienen representación parlamentaria, deben unirse y hacer al Ejército responsable ante el pueblo pakistaní”, concluye Marvi Simed.

Washington parece igualmente consciente de esta necesidad. Pero aunque ha anunciado que presionará para que se investiguen los posibles vínculos de las Fuerzas de Seguridad pakistaníes (y en particular el ISI, en sus rangos intermedios) con Al-Qaeda, sabe igualmente que no puede forzar la cuerda. Acorralado, con un Estados Unidos beligerante y una India amenazante en el este, el Ejército pakistaní podría enrocarse y buscar apoyo en el tercer actor en juego en el tablero: su vecino Irán, país con un controvertido programa nuclear -Pakistán está en poder de la bomba- que aspira a convertirse en la potencia regional. Enemigo de Estados Unidos, mantiene en la actualidad una tensa relación con su vecino, estado al que acusa de dar refugio a los rebeldes del movimiento separatista baluche “Yundulah” (Ejército de Alá), al que Teherán considera terrorista (de la misma manera que acusa a Estados Unidos y el Reino Unido de instigar su actividad y financiarla). Además, le recrimina su actitud hacia las poblaciones chiíes que viven en su territorio, una de las más numerosas del mundo). Sin embargo, pocos días después de la operación contra Bin Laden, varios responsables pakistaníes visitaron la capital persa. El mensaje fue una vez más la necesidad de estrechar lazos. Y es que en el amor y en la guerra, ya se sabe, siempre hay extraños compañeros de cama.

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LA HYDRA

Cuenta el mitógrafo e historiador griego Apolodoro de Atenas que, desesperado por la rápida e imparable reproducción de sus cabezas, el héroe Heracles solicitó ayuda a su sobrino Yolao para matar a la Hydra y completar así el segundo de los doce trabajos que le había impuesto Euristeo, rey de Argólida. Según la epopeya, fue al joven a quien se le ocurrió la idea -al parecer inducida por Atenea- de cauterizar las heridas para evitar que aflorasen más testas y permitir así al héroe decapitar a la bestia que guardaba una de las puertas del inframundo. Desde que hace casi una década, yihadistas inspirados por la red terrorista internacional Al Qaeda perpetraran el mayor atentado del siglo XXI, expertos, historiadores y periodistas han recurrido en incontables ocasiones al simil de este animal mitológico para explicar la difusa y etérea de esta organización surgida del wahabismo radical saudí. Un ejemplo que parece casi acertado. Aquel fatídico 11 de septembre de 2001, su audaz, cruel y espectacular ataque en territorio norteamericano le proporcionó un lugar destacado en los anales de la crónica negra de la historia. Desde entonces, ha actuado sobre todo como una multinacional del terror con franquicias en la mayor parte de los países árabes y musulmanes; como fuente de inspiración para miles de radicales islámicos, en todo el orbe, convencidos de la necesidad de combatir a los herejes occidentales y a sus propios gobiernos, a los que que acusan de impiedad y traición al Islam primigéneo. Al frente de ese sentimiento, un símbolo: Osama bin Laden, el hombre cuyo rostro quedó asociado para siempre al horror de las torres y cuya barba desaliñada se herró a fuego en el imaginario de una sociedad atónita, aterrada y sedienta de venganza.

Diez años después, yace en algún lugar ignoto del océano y la humanidad parece respirar aliviada. Sin embargo, al contrario de lo que se pueda creer, la cabeza inmortal de la hydra no ha sido segada. Como recuerda en un reciente artículo el periodista de origen palestino Abdel Bari Atwan, director del diario en árabe con sede en Londres Al-Quds al-Arabi y uno de los escasos periodistas que pudo entrevistar en persona la líder y fundador de Al-Qaeda, la red fue diseñada hace más de dos décadas y ya desde el principio optó por una estructura tentacular que le permitiera perder a sus cabecillas sin que la aramazón se viera apenas afectada. La tradicional pirámide de poder fue sustituida por un entramado de células independientes y grupos afiliados, ideologicamente gemelos pero con una amplia libertad para actuar en el momento y lugar que consideren oportuno. Las responsabilidades están tan repartidas y delegadas, que la desaparición de un cerebro tiene un impacto relativo en la capacidad de supervivencia del grupo y en su habilidad para llevar a cabo sus objetivos. El mejor ejemplo es el propio Bin Laden, reemplazado desde hace años por su socio y mano derecha, el egipcio Ayman al-Zawahri. Su supuesta debilidad física y el acoso al que le sometían las fuerzas estadounidenses le habían obligado a abandonar la vanguardia, aunque permanecía como pétreo modelo e inefable icono. Sucesores ahora no le faltan: su propio hijo Saad; el clérigo asentado en Yemen Anwar al-Awlaki o Adam Gadahn, apodado el americano.

http://gulfnews.com/opinions/columnists/war-against-terror-far-from-over-1.802903

Al Qaeda no es la hydra, sino una de las múltiples cabezas de un mostruo nacido hace más de cuatrocientos años de la convergencia entre las teorías yihadistas de un monje-guerrero de origen sirio llamado Ibn Taymiya y la interpretación retrógrada y oscurantista del islam de un clérigo saudí conocido como Abdel Wahab. La doctrina resultante, agresiva e intransigente, prendió en el albor del siglo XVIII en las zonas tribales de los actuales Afganistán y Pakistán, donde islamistas radicales de inpiración deobandi ya pusieron en jaque a las tropas coloniales británicas, que como las soviéticas 200 años después hubieron de retirarse apaleadas, impotentes y con un incontable número de bajas. Desde entonces, la versión más intolerante de la religión mahometana se ha asentado en esa agreste región del planeta, alimentada intelectual y espiritualmente por el reaccionario wahabismo de raíces saudíes. Una corriente que desde 1973, y gracias al boicot petrolero de los países árabes durante la guerra del Yom Kipur, además la finaciancia con millones de petrodólares. En las décadas siguientes, otras cabezas brotaron, como las dictaduras militares árabes, con su pobreza, desencanto, ausencia de libertades y falta de horizontes, que decenas miles de ciudadanos que ya no creen en Bin Laden han sajado en estos últimos meses en países como Egipto o Túnez. Pero ni Occidente -cual Heracles- ni los propios musulmanes -en el papel de Yolao- se han atrevido aún con la cabeza imortal, que repta confiada en el corazón de la península Arábiga, armada con un nocivo aliento que desprende cierto olor a nafta. Mientras siga viva, cualquier esperanza de evolución en la zona se antoja baldía. FIN

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Y después de Bin Laden…

Polémicas aparte, cuarenta y ocho horas después de conocerse la noticia sobre la mortal operación norteamericana contra Osama bin Laden, cabe preguntarse si más allá de la evidente influencia que tendrá en la política interna de Estados Unidos, servirá también para facilitar una salida negociada a la compleja y enquistada guerra en Afganistán.

Expertos locales, tanto afganos como pakistaníes, analistas occidentales y periodistas en la zona coinciden en apuntar que la respuesta está, en gran parte, en la estrategia futura por la que opte la Casa Blanca. A nadie se le escapa que la desaparición del hombre que atormentaba el sueño americano con pesadillas de torres abatidas le permite emprender la retirada bajo la pancarta de “misión cumplida”. Sin embargo, quizá también se halle ante una oportunidad inmejorable de contribuir a la estabilidad en una zona en la que desde hace más de 300 años se escucha el clamor de las armas. Y en la que fracasaron tanto el imperialismo colonial británico como el comunismo imperial ruso.

Varios movimientos previos a la audaz misión del “Comando Seis” en la mansión de Abbottabad arrojan ciertos rayos de esperanza. En los últimos meses, casi todos los grupos implicados han hecho algún tipo de guiño al diálogo. Pakistán y Afganistán han creado sendos comités de alto nivel con ese objetivo, y lo más relevante, los han dotado de personas con influencia: oficiales de alta gradación, políticos locales, diplomáticos, etc. Desde el departamento de Estado, la propia Hillary Clinton ha admitido que se ha intensificado la acción diplomática e incluso el partido opositor Hizb-e Islami se ha mostrado dispuesto a entrar en el proceso siempre que se mantenga inalterado el objetivo: formar un gobierno de unidad nacional en el que todos los grupos aparezcan representados.

Islamabad, pieza clave en el proceso, ha rebajado la presión y dejado entrever cierto atisbo de flexibilidad. El objetivo principal del gobierno pakistaní ha sido siempre el establecimiento en Kabul de un sistema cohesionado que convierta a Afganistán en un colchón frente al enemigo indio. Pakistán anhela garantías de que su frontera oriental no se convertirá en el futuro en una región porosa por la que la India pueda filtrarse. También ha exigido a las autoridades afganas que reconozcan la llamada “Línea Durand”, trazada por el colonialismo británico, y que separa a ambas naciones. Diplomáticos occidentales en la zona señalan que, aunque no ha renunciado a estas metas, ha dado muestras en las últimas semanas de más comprensión. Al hilo de este argumento, todos los grupos parecen concidir en un aserto fundamental. El Afganistán futuro debe ser un estado unido, sin fisuras territoriales que puedan generar nuevos cantones.

La barrera principal es aún, no obstante, la falta de confianza. Desde la prensa estadounidense se sugiere que tanto en el Pentágono como en la Casa Blanca existe un agrio debate sobre las intenciones de Islamabad, y sobre todo si Pakistán puede ser considerado un socio fiable para la estabilidad en la zona. La historia reciente de las relaciones entre ambos países parece pesar.

Igualmente se duda del grado de compromiso que pueden alcanzar los Taliban, pese a que los mensajes enviados en los últimos meses por algunos responsables de la milicia exhalan cierto aroma de acercamiernto. Semanas atrás, Abdul Hakim Muyahid, antiguo representante Talibán ante la ONU y miembro del Consejo Supremo para la Paz, fundado por el presdiente Hamid Karzai y que incluye a radicales y señores de la guerra, reveló que Turquía había ofrecido al grupo abrir una oficina en su territorio con el objetivo de facilitar la integración en el proceso. Al parecer, muchos talibán estarían dispuestos a sentarse a la mesa, pero recelan de abandonar sus zonas seguras ante el temor de ser detenidos.

Un segundo foco de sospecha reside en la división generacional que comienza a percibirse en el seno de la milicia. La exitosa estrategia militar diseñada por el general estadounidense David Petraeus se han centrado en la eliminación de mandos intermedios para tratar así de segar el hilo conductor. Arriba, los talibanes más experimentados albergan ciertas perspectivas políticas; abajo, las generaciones más jóvenes (de talibanes) siguen aferrados a una sola idea: yihad contra el infiel.

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