Estado Islámico (año II): el puerto de Mos Eisley

A mediados de mayo, efectivos del servicio de aduanas del aeropuerto de Túnez interrogaron durante más de once horas a Walid al Qalib, ciudadano libio llegado a la capital norteafricana procedente de Turquía. El incidente, como otros muchos de la misma naturaleza, habría pasado desapercibido si su posterior detención y aprisionamiento no hubiera desatado una ola de arrestos de emigrantes económicos tunecinos en los alrededores de Trípoli.  Emparentado con el ministro de Justicia del gobierno considerado rebelde establecido en la capital libia, Al Qalib respondió sí a dos de las preguntas del juez: una, que era líder de una de las katibas que integran “Fajr Libya” (Amanecer Libia), una plataforma de grupos armados, en su mayoría de ideología islamista, leales al citado Ejecutivo cesante; y dos, que mantenía lazos con la rama libia del autoproclamado Estado Islámico (EI), aunque su abogado, Wisem Said -que relató el encuentro a los periodistas- declinó revelar en qué grado.

Negó, sin embargo, las otras dos acusaciones que el togado levantó en su contra: que se dedicaba al tráfico de armas; y que su presencia en Túnez estaba relacionada con una práctica que desde hace meses tiene en vilo a gran parte de la comunidad libia exiliada en ese país: el intento de secuestro de una persona que desempeñó un cargo de responsabilidad durante la derrocada dictadura de Muamar al Gadafi. Sentado en un café de la capital, un miembro de los servicios de Inteligencia que prefirió no ser identificado, confirmó esa misma noche que la denuncia se sostenía en la declaración de un ciudadano tunecino afincado en Libia, donde trabajaba como herrero. Este último aseguraba que Al Qalib le había chantajeado para que le proporcionara información sobre algunos de los cientos de “gadafistas” que habitan en la capital y poblaciones aledañas como Cartago y La Marsa. Y que el miliciano utilizaba después esos detalles para perseguir y retener en “campos de internamiento” a los familiares de muchos de ellos. Una versión que refutó sin paliativos el abogado: “Mi cliente solo ha venido aquí, como muchos otros libios, por razones médicas”, afirmó. 

El incidente y la polémica han dejado al descubierto las complejas relaciones que mantienen Libia y Túnez y el peligro que supone su porosa frontera. Por el paso de Ras Jdir transitan a diario miles de personas en las dos direcciones: tunecinos que buscan el trabajo que no hallan en su tierra y libios que dejaron hogares y negocios atrás, y que años después tratan de conservarlos o recuperarlos. Pero también, matureros de todo pelaje: desde comerciantes dedicados al estraperlo a contrabandistas que se enriquecen con la compraventa de armas y la desesperanzada miseria de aquellos que arriesgan su vida en las pateras. Entre ellos, se camuflan cientos de yihadistas que circulan con aparente libertad a través del Sahel, desde Mali a Mauritania y Marruecos, rumbo a Oriente Medio, y que tienen en las montañas de Chambi, un agreste área de la frontera entre Túnez y Argelia convertida en zona de combate desde 2011, uno de sus principales puntos de encuentro y escala. Fuentes de Inteligencia admiten que muchos de los que parten a la yihad lo hacen en vuelos que aterrizan en Estambul o en Ankara, y que la mayoría de los tunecinos que regresan -según los expertos, Túnez es el primer “exportador mundial” de yihadistas al EI, con más de tres mil voluntarios- se refugian en ese área; otros se aventuran a cruzar la frontera este para sumarse a la rama libia del EI, donde suelen asumir puestos de mando.

Y ha puesto de relieve, asimismo, el papel protagonista que ha adquirido el territorio turco -desde el que voló Al Qalib-, en el incesante y creciente trasiego de yihadistas que se desplazan por el Mediterráneo. Asentado en las ciudades de Raqqa y Mosul, con la guerra empujada hacia los territorios de la periferia, el Estado Islámico asemeja un enorme panal de rica miel que atrae radicales de todo el mundo, principalmente de las repúblicas ex soviéticas, la península Arábiga, Oriente Medio, el norte de Africa y la propia Europa. Hombres y mujeres movidos por la frustración, la falta de integración o el simple idealismo que en muchos casos convergen en el corazón del antiguo imperio otomano, cuya frontera meridional ha devenido en algo parecido al mítico puerto espacial de Mos Eisley. Un especie de territorio sin ley en el que pululan traficantes de toda cañala, espías de numerosos países -incluidos los del propio Estado Islámico-, intermediarios de empresas armamentísticas, reclutadores, mercenarios, proxenetas, capos de la mafia y otros sujetos sin escrúpulos que contribuyen a engrasar la maquinaria que alimenta las ambiciones de Abu Baqr al Baghdadi y sus secuaces.

“Las críticas hacia Turquía son injustas”, rebate el periodista local Ayse Sahin, para quien su gobierno supone la primera barrera en la lucha global contra el EI. “Pese a la poca colaboración (que recibe de) parte de los servicios de Inteligencia de sus aliados, Turquía sigue arrestando y deportando a los combatientes extranjeros que vienen del Oeste, y que llegan para sumarse a las filas de Siria e Irak, países en guerra”, denunciaba en un encendido artículo -cerca de 1.100 deportados de 74 países en los últimos meses, según su cálculos. Una queja que no comparten diplomáticos y agentes occidentales, que en privado insisten en que si Ankara optara por aplicar una política de control de fronteras más estricta, el EI –que llena sus arcas con el contrabando de petróleo y el comercio a ambos lados de la divisoria– perdería gran parte de sus recursos y fortalezas. “Quizá desde las cancillerías europeas, y desde Estados Unidos, se debería exigir más a un país que a la postre pertenece a la OTAN y que durante años se ha postulado como socio de la UE”, señalan.

Las razones, sin embargo, se antojan más complejas y enraízan con la transformación que Turquía ha sufrido en su modelo de gobierno tras la llegada al poder del islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). Desde que en 2002 ganara las elecciones generales turcas, la formación tutelada por Recep Tayib Erdogan ha socavado de forma sostenida la trascedencia de las Fuerzas Armadas -bastión del laicismo en el país-, en favor de la Organización Nacional de Inteligencia, al mando ahora de la seguridad del Estado. Considerado uno de los ejércitos más grandes de la región, ha sido empujado hacia la irrelevancia política desde que en 2007, y con la excusa de que preparaba un golpe de Estado, el Ejecutivo fomentara una campaña judicial de hostigamiento que en los tres años siguientes permitió el encarcelamiento de cientos de veteranos oficiales y de numerosos líderes políticos considerados “laicos liberales”. En 2011, al tiempo que la guerra civil estallaba en Siria, la decisión del alto mando de dimitir en masa confirmó la supremacía que el AKP y Erdogan ansiaban.

Es mismo año, el Gobierno se embarcó en una segunda aventura que multiplicó el resentimiento de la, a pesar de todo, todavía influyente cúpula militar. Tras treinta años de conflicto y miles de muertos sobre el terreno – la mayor parte de ellos soldados y oficiales de las Fuerzas Armadas- Erdogan abrió una vía de diálogo y entendimiento con el movimiento separatista kurdo, y en particular con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), a cuyo brazo armado se le atribuyen decenas de atentados contra objetivos castrenses. El proceso de paz -aún en marcha- dilató la brecha entre civiles y militares, religiosos y laicos, que dieron la espalda al presidente cuando este, embarrado en la cenagal sirio -que ha obligado a más de un millón y medio de sirios a buscar refugio en Turquía-, quiso recurrir a sus medios y recuperar su maestría sobre el terreno, sus contactos, y sobre todo su confianza. “En estos años de conflicto, los servicios secretos turcos no han dado la talla. Carecen del conocimiento necesario y han cometido fallos importantes, en especial en sus relaciones con los rebeldes sirios. Muchos colegas se quejan de que en demasiadas ocasiones no se sabe muy bien de que lado están”, explica una fuente de Inteligencia con experiencia en la región.

Los militares turcos desconfían, asimismo, del acercamiento de Erdogan al gobierno autónomo kurdo en Irak y su relación con los kurdos sirios. Y parecen poco dispuestos a unir sus armas a las de los Peshmerga y sus colegas sirios para enfangarse en una guerra contra el Estado Islámico y el régimen de Bachar al Asad en la que tienen más que perder que ganar.

Erdogan, preocupado sobre todo por su supervivencia política, actúa desde hace meses en clave electoral. Asido al poder desde que hace casi tres lustros, presenta por vez primera signos de fragilidad popular. Las encuestas vaticinan una victoria menor en los comicios previstos para el próximo siete de junio, y el hombre que revitalizó el islamismo, acotó el laicismo y sedujo al rudo nacionalismo kurdo confiaba en que el pueblo marginado de las montañas al que regaló guiños durante los últimos cuatro años recompensara su buena voluntad y contribuyera a paliar el desencanto que ha causado la incipiente crisis económica. Sin embargo, estos concurren a las elecciones por primera vez bajo las siglas del Partido Popular Democrático (HDP), y los sondeos apuntan a que podría lograr el diez por ciento necesario de los votos para tener representación propia en el Parlamento. Una posibilidad que desde hace semanas espanta a Erdogan, que también por primera vez atisba el vértigo irracional que sienten en la derrota aquellos que solo codician el poder. “Se dice que los kurdos favorables al AKP, incluidos los devotos musulmanes, se están marchando en masa al HDP. Las denuncias de que el gobierno apoyó en un principio al Estado Islámico en contra de los kurdos sirios en la batalla de Kobane es una de las razones”, apuntaba esta semana la periodista Amberin Zaman. 

La veleidosa y frágil política de Erdogan respecto a la crisis Siria y la emergencia del EI son otras de las causas del desplome de popularidad del actual presidente. Presentado por los expertos como el posible modelo de Estado futuro durante las después fallidas primaveras árabes, la ambigüedad ha minado el prestigio y la influencia de Turquía en la región, superada y ensombrecida por Irán, Arabia Saudí e incluso Qatar y Emiratos Árabes Unidos. Un severo varapalo para un pueblo que hace apenas una década tenía a Bruselas llamando insistentemente a su puerta, era capaz de decir “no” a los planes estadounidenses de invadir Irak desde su territorio, sentía aún vivo el orgullo de ser el heredero de un gran imperio y que ahora ve como “esos árabes” a los que siempre consideró inferiores mueven armas y resortes políticos a escasos kilómetros de su frontera sur.

El insistente apoyo de Turquía al cambio de régimen en Siria ha sorprendido. Los rebeldes sirios de toda condición, incluidos los militantes islamistas del Ahrar al-Sham, viven en libertad en lugares como Urfa, Hatay y Gaziantep”, explica Zaman. “Y aunque el gobierno ha estrechado la seguridad a lo largo de los 900 kilómetros de frontera con Siria, los milicianos del ISIS continúan usando Turquía como ruta de tránsito para nuevos reclutas”. Un camino que transitan sin descanso y escasos obstáculos hombres oscuros como Al Qalib, y que se asemeja a los angostos callejones que Luke Skywalker y Obi-Wan Kenobi tuvieron que cruzar para contratar a Han Solo en una sórdida y peligrosa cantina del planeta Tatooine. FIN

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Yemen: La puerta de las lamentaciones

Asomado al extremo sur de la península Arábiga, Bab al-Mandub es uno de esos accidentes de la geografía bendecidos por la naturaleza y malditos por la codicia de los hombres. Un azaroso estrecho de apenas una treintena de kilómetros en su parte más angosta en el que algunos antropólogos sitúan las primeras migraciones humanas, supuestamente ocurridas hace cuatro milenios, en tiempos del profeta bíblico Jacob. Aguas bravas y corrientes vivas que desde la excavación del canal de Suez, y a lo largo del siglo XX, ha agigantado la leyenda negra que le valió su funesto nombre: “Puerta de las Lamentaciones”. Según datos de 2010, cerca de 3,5 millones de barriles transitan a diario por este desfiladero que une el mar Rojo y el océano Índico, a orillas de dos de los países más pobres del mundo, Yibuti y Yemen.

El dominio de la vecina ciudad de Adén -y por tanto de este estratégico corredor marino-, es una de las múltiples aristas que componen el poliédrico conflicto fratricida que desde hace décadas asuela Yemen. Siempre lo ha sido en un territorio ensombrecida por el fragor de las armas desde que en 1968 -y tras una revuelta que azuzaron Egipto, Arabia Saudí y las potencias coloniales, en particular el Reino Unido- desapareciera el hasta entonces único imanato chií que el mundo conocía. Víctima de la guerra fría y de la avaricia de sus vecinos, la antigua “Arabia Feliz” se rasgó en dos estados: la República Árabe de Yemen, en el norte, durante años bajo la esfera del nasserismo y el socialismo árabe; y la República Democrática Popular del Yemen, secundada desde Riad. Una escisión cerrada en falso en mayo de 1990, fecha en la que, tras un arduo pulso tribal, el entonces presidente norteño, Alí Abdulá Saleh, fue designado jefe del nuevo estado unificado.

Casi medio siglo después, los Houtis -autoproclamados herederos de aquel derrocado imanato chiíta- han recuperado la capital, Sanaa, y asumido el control de Adén y de gran parte del territorio. Beneficiados por el colapso del Estado que supuso la mal denominada “primavera árabe”, durante los últimos tres años se han extendido sin apenas oposición desde sus tradicionales enclaves en las provincias septentrionales de Saada y Amran -limítrofes con Arabia Saudí-, como el grupo más fuerte y cohesionado de los varios que luchan en un conflicto más complejo que la simple -e interesada- rivalidad entre chiíes y suníes. “Yemen está (inmerso) en un proceso de descomposición: entre los Houtis en el norte, y la coalición antihouti, más fuerte en el sur”, explica April Longley Alley, analista para la Península Arábiga del afamado centro de investigación Crisis Group. “Y en el sur, entre los grupos secesionistas y el creciente frente yihadista violento. Y desde fuera, por la implicación creciente de poderes como Arabia Saudí e Irán. Una guerra entre aliados, violencia sectaria, poder de las milicias y colapso del Estado son la receta de una desastrosa guerra civil de varios frentes”, enumera.

Para conocer sus orígenes es necesario, sin embargo, retroceder al menos una década. En junio 2004, tribus aliadas y fuerzas leales al entonces presidente del país, Alí Abdula Saleh, trataron de arrestar -en vano- a Husein Badr al-Din al-Houthi, líder de esta corriente chií asentada en Yemen y uno de los señores tribales que se opusieron a la invasión anglo-estadounidense de Irak. La acción -y posterior asesinato a manos el Ejército regular del pretendido nuevo imam- desencadenó seis cruentas guerras con el gobierno central que cesaron en febrero de 2010, con cientos de muertos en ambos bandos y varias cuentas por saldar. Más allá del conflicto político o religioso, el malestar en las provincias septentrionales tenía arraigadas raíces socio-económicas. En un país colocado entre los más depauperados del mundo, las zonas chiíes del norte eran un pozo de miseria, resquemor y desesperanza. Una región con significativas cifras de paro, escasez de servicios e ínfimas opciones de futuro, donde el tráfico de armas y el contrabando de todo tipo de productos eran las actividades más lucrativas.

Razones que explican porque los Houthis se sumaron con ilusión a la revuelta popular contra el gobierno central que estalló un año más tarde, al rebufo del que después sería el crudo y sangriento invierno de los árabes.La transición, en Yemen, ha sido como las del resto de las revoluciones árabes, incluida la de aquí en Túnez”, denuncia Nessim, una joven que lideró en 2011 a sus compañeras de facultad en la avenida Habib Bourguiba, y que ahora lucha por que aquel anhelo de libertad no quede ensombrecido por quienes intentan agitar y aprovechar el fantasma de la inestabilidad para conservar sus vetustos privilegios. “No han sido más que un pulso en el poder, entre las elites, en el que las necesidades del pueblo han quedado olvidadas. Ninguno de los problemas sociales o económicos se han solucionado, y el tema político tampoco ha cambiado en la dirección que la gente esperaba. Eso ha creado mucha frustración”, resalta.

Pero no solo frustración en el caso del Yemen; también guerra y un odio confesional que antes apenas existía, fruto de la manipulación saudí del proceso de transición y de los extraños compañeros de cama surgidos en un conflicto de raigambre local que los países vecinos pretenden transformar en global para proyectar en él sus ambiciones particulares. Desbancado Abdula Saleh -a quien Arabia Saudí tendió una alfombra roja salpicada de víboras danzantes-, los diferentes grupos se implicaron -en mayor o menor medida- en un fallido proceso de diálogo nacional auspiciado por la ONU y liderado por el nuevo presidente, Abdel Rabo al-Mansur, el hombre de paja de Riad. El general, que durante años ejerció de vicepresidente y goza de cuantiosos negocios y privilegiadas relaciones con el ministerio saudí de Defensa, propuso en febrero de 2014 una solución salida del laboratorio de ideas de la Casa de Saud que sugería fragmentar el país en seis provincias federadas, con Sanaa como capital y fortaleza, propuesta que terminó de enervar a los Houthis.

Apoyados en su sostenida y rápida expansión territorial hacia el sur en los años de transición, y decididos a no quedar una vez más relegados, los “herederos del Imam” redoblaron su presión militar y emprendieron el camino hacia la capital secundados por quien un día fuera su más enconado enemigo: aún influyente entre las tribus del norte y el sur del país, Alí Abdula Saleh prestó a los chiíes sus contactos y armas, confiando en la futura redención de su familia a través de su hijo y sucesor: Ahmed Alí Abdula Saleh. “El ex presidente tiene muchas cuentas pendientes que cobrar: con los saudíes, que maquinaron para despojarlo del poder, y contra Hadi, a quien considera un traidor. No se puede subestimar la influencia que él y su clan todavía poseen”, señala un diplomático árabe asentado en el norte de África. “Aún oiremos hablar mucho de Saleh y su familia”, insiste.

En septiembre de 2014, hombres aún leales al ex mandatario abrieron las puertas de la capital a los Houthis: los zaydies -una de las tres ramas del chiísmo- asaltaron el palacio presidencial e hicieron prisionero a Hadi, quien se resistió a renunciar a sus poderes hasta enero de 2015. Un mes después, consiguió escapar a Adén, donde se retractó y denunció “el golpe de Estado” al tiempo que de intentaba consolidar una gran coalición en torno a su persona. De nuevo cercado por las tropas chiíes, a mediados de marzo huyó de nuevo, esta vez en barco a través de “la puerta de las lamentaciones”, rumbo a Arabia Saudí. La negociación nuclear entre Irán y Estados Unidos -facilitada por Omán- avanzaba aquellos días en la ciudad helvética de Lausanne para desmayo de Riad y la decrépita Casa de Saud no desaprovechó la ocasión para lanzar sus aviones de combate sobre la ciudad que vio nacer al general yemení y denunciar que el régimen de los ayatolá apoyaba y financiaba a “los rebeldes chiítas”.

Los Houthis son menos dependientes de Irán de lo que lo es Hadi de Arabia Saudí”, advierte Crisis Group. Un argumento, el de la forzada internacionalización de un conflicto genuinamente interno, que comparten otros expertos en la región. Aunque chiíes, los Houthis pertenecen a una rama diferente a la que domina en Irán. Conocidos como “Ansar Allah” (los partidarios de Alá), entroncan con el zaydismo -una corriente que reconoce a cinco imames después de Alí, frente a los doce de los chiíes duodecimanos, mayoritarios en la antigua Persia y en el mundo-, y no son monolíticos.

Surgidos en la década de los noventa con el afán de resucitar el imamato que durante más de un milenio gobernó el norte de Yemen, la ideología de su rama principal está más marcada por los escritos de Husein Fadlalá -uno de los referentes filosóficos del grupo chiíta libanés Hizbulá-, que por las lecturas de los grandes ayatolá en Irán o Irak. No se puede negar que el régimen de Teherán ha intensificado su protagonismo e influencia en los últimos años, como parte de su enconado conflicto político con Arabia Saudí, pero explicar el enfrentamiento como un episodio más en la batalla por el liderazgo del islam entre chiíes y suníes conduce a una imagen falseada de la realidad.

El pulso entre los Houthis y la alianza forjada en torno a Hadi es la pugna más visible en Yemen, pero no la única. A su vera, otros grupos buscan resurgir de sus cenizas o mejorar sus dividendos. El colapso del gobierno central ha resucitado a los movimientos independentistas sureños, que añoran los tiempos de la República Democrática Popular del Yemen. Y acrecentado el poder y la ambición de tribus como la poderosa familia Al Ahmar, uno de cuyos miembros fue ejecutado por el desaparecido imam Ahmad bin Yahya. El clan Al Ahmar es un ejemplo de la complejidad que define a la sociedad yemení. Zaydies de origen, forman parte de la federación tribus unidas entorno al partido islamista moderado pro saudí Islah y disfrutan de estrechos lazos con Riad. Su fe en los dictados de la familia al Saud es, hasta la fecha, inquebrantable.

Sin embargo, quien más parece fortalecerse es la rama de Al Qaida en Yemen, una de las más importantes de la organización terrorista internacional. Presente desde finales de los noventa en las áreas del sureste del país -en particular en la empobrecida región de Hadramut- su influencia se ha extendido en los últimos meses, como demuestra el asalto a la cárcel de Mukalla, que permitió la fuga de unos 150 yihadistas. “El desembarco de células del Estado Islámico en Yemen tiene que ver más con el pulso que ambos grupos mantienen que con el propio conflicto en Yemen”, explica una fuente de Inteligencia europea que prefiere no ser identificada. “Está claro que existe una estrategia para forzar el enfrentamiento sectario como ha ocurrido en Irak y en Siria, del que al final solo sacan provecho el EI y Al Qaida”, explica la fuente, en referencia al atentado que semanas atrás segó la vida de 140 personas en un mezquita zaydí en Sanaa.

Es un factor novedoso, muy peligroso, que puede llevar al país a un caos similar al que padecen sirios e iraquíes”, advierte, en una nación donde la convivencia entre chiíes zaydies -que suponen una tercera parte de los 25 millones de habitantes de Yemen- y suníes shafies ha prevalecido tradicionalmente sobre las innumerables guerras, en su mayoría de tinte político. Dejar que eso ocurra es azuzar y transformar un enfrentamiento cuyo futuro es fácil de adivinar. Basta mirar al norte, hacia Siria e Irak. Allí Arabia Saudí e Irán también han proyectado la bruna sombra de sus lascivas ambiciones regionales, de su agotado modelo petrolero. Una avidez enfermiza que alimenta a los radicales, siembra el odio, crea Estados fallidos y riega de sangre y dolor la tierra. FIN

Los refugiados no huyen de la guerra

Como cualquier otra mañana de oración, el viernes 25 de mayo de 2012 cerca de un centenar de fieles se acercaron a escuchar la jutba en la mezquita de Taldou, una de las barriadas del extrarradio de la ciudad suní siria de Houla. Concluidas las genuflexiones y musitadas las jaculatorias, una inesperada tormenta se desató. Desde posiciones vecinas, unidades de artillería del Ejército sirio comenzaron a abrir fuego sobre objetivos civiles en los barrios aledaños. No era la primera vez que su propio gobierno bombardeaba la ciudad. Pero vecinos consultados días después por periodistas y activistas de derechos humanos coincidieron en señalar que aquella soleada mañana de primavera la intensidad del ataque fue inusual. Según datos de la ONU, más de un centenar de personas perdieron la vida. La mayor parte de ellas, ancianos, mujeres y niños asesinados a sangre fría a manos de sicarios de la satrapía Al Asad, sabiha (matones) procedentes de aldeas de mayoría Alawi, una rama del Islam asociada al chiísmo, que aprovecharon la cobertura artillera para castigar a la población.

La masacre, que el régimen militar sirio trató de adjudicar a facciones terroristas, despertó una ola de indignación mundial y enterró cualquier gramo de oportunidad que le restaba al desacreditado plan de paz de seis puntos que entonces impulsaba el enviado especial de la ONU para el conflicto en Siria y ex secretario general del organismo, Kofi Annan. Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania y Canadá fueron los primeros países en expulsar a los embajadores y representantes diplomáticos de Damasco. Una política de aislamiento del régimen sirio a la que enseguida se sumaron con más entusiasmo que cabeza otras naciones como España, Holanda e Italia, y de la que se distanciaron actores de relevancia en el región como Rusia e Irán. A partir de entonces, el discurso cambió. Annan y su plan de reconciliación fueron discretamente apartados y en las cancillerías de Washington, Berlín o Madrid dominaba una nueva consigna: ninguna solución incluye a Bachar al Asad.

Consciente de que su posición se debilitaba, el denostado presidente sirio utilizó la matanza, por su parte, para asentar y consolidar los pilares de la estrategia que tres años después le permite mantenerse el poder y esbozar una sonrisa al observar que aquellos que en 2012 se disponían a sacrificarle en el altar de la ética, hoy vuelven a llamar a su puerta con esa ética escondida en busca de la solución a una crisis que hunde sus raíces en las ajadas y obsoletas ideas del siglo XX. Como le enseñó su ladino padre, Hafez al Asad, del que heredó el poder en el año 2000, Bachar se atrinchera  tras la máxima “cuando la guerra sobreviene y la victoria es elusiva, la mejor opción es intentar sobrevivir”. Resistir a las presiones externas y a las intrigas palaciegas, conservar aliados sólidos y, sobre todo, aplicar el viejo principio político -tan habitual en Oriente Medio- de “gestión a través de crisis”. Es decir, generar problemas y erigirse al mismo tiempo en parte imprescindible de su solución.

Bachar al Asad sobrevive. Avanzado 2015, y gracias en gran parte a la matanza de Houla, su mezquino régimen de terror y miseria moral es todavía el único poder real en Siria. Las distintas fuerzas rebeldes se mantienen divididas y ni siquiera han logrado establecer un bastión en el interior del país desde el que competir en jerarquía y legitimidad con el dictador. Real, y necesario. Cualquier sirio depende aún de las estructuras administrativas del Estado alawi para regular su vida. Tanto si lo que desea es renovar su pasaporte como registrar un nacimiento o defunción, vender una propiedad, cobrar una jubilación, indemnización, compensación, seguro o herencia. Incluso en ciudades virtualmente en manos de la oposición, como Idlib o Deir al Zour. En esta última, un pequeño barrio resiste desde julio las infructuosas acometidas de los soldados del grupo yihadista “Estado Islámico”. Cuando el atronador estruendo de la artillería descansa y el olor agrio de la pólvora pierde intensidad, vecinos bajo el puño de los radicales cruzan las líneas del frente para arreglar papeleo o cobrar salarios en las oficinas estatales antes de regresar a casa.

El régimen es esencial también, aún, a la hora de garantizar los suministros de comida, agua y energía en gran parte de las zonas urbanas, aunque en teoría solo conserve el control directo de un 20 por ciento del territorio nacional. Y crucial para la subsistencia de muchas familias, tanto en las zonas que domina como en las áreas en combate: aunque ya no puedan acudir a su puesto de trabajo por haber quedado atrapados bajo el brazo rebelde o yihadista, el aparato administrativo sirio sigue pagando de forma regular los salarios y pensiones a sus funcionarios, una ardua tarea que ofrece la impresión de que, pese a la violencia y la penuria, el antiguo sistema persiste.

Aliados nunca le han faltado. Desde que las primeras protestas estallaran al socaire de los alzamientos en Túnez y Egipto, Bachar al Asad ha disfrutado del apoyo político, económico y militar de los dos socios tradicionales de su padre: Rusia e Irán. Unidos ante un enemigo común -Sadam Husein- el régimen de los ayatolá y la dictadura baazista sellaron un acuerdo de cooperación en 1987 que creó un eje chií -frente al suní liderado por Arabia Saudí y Egipto- y trocó el destino de la guerra civil en el Líbano. Aunque la colaboración entre Damasco y Teherán se remonta mucho más allá en el tiempo; está emparentada con la guerra fría, ha disfrutado siempre de la anuencia rusa y tiene consecuencias en el diseño actual de Oriente Medio. En 1978, meses antes de que el gran ayatolá Rujola Jomeini se apropiara de la revolución iraní y certificara la desaparición del que era el principal aliado de Estados Unidos en la región, guerrilleros persas que después fundarían la poderosa e influyente Guardia Revolucionaria desembarcaron en el sur de El Líbano para recibir instrucción bélica, previa escala en la antigua capital omeya. Casi cuatro décadas después, algunos de aquellos jóvenes iraníes, convertidos en experimentados oficiales de la temida fuerza Al Quds, brazo exterior de la Guardia Revolucionaria, gestionan bases en el interior de Siria y luchan junto a miembros del partido chiíta libanés Hizbulá en defensa de la dinastía amiga de los Al Asad.

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El dictador cuenta, además, con el apoyo financiero y militar de Moscú. Tanto Rusia como Irán son los principales responsables de que las arcas del Estado sirio no se hayan vaciado y de que su Ejército conserve la capacidad de combate operativa con equipos modernos y munición suficiente. No solo le protegen con ayuda militar. El pasado julio, Irán abrió una línea de crédito a Siria por valor de mil millones de dólares para hacer frente a los subsidios y al pago de los salarios. Moscú, que ha mantenido una misma línea pensamiento durante toda la crisis y se erige ahora en uno de los actores más influyentes, ha implantado medidas similares. Gracias a ello, los mercados se mantienen surtidos y la libra siria apenas pierde valor. Una muestra de que la estrategia de ambos aliados no solo apuesta por la supervivencia del régimen, si no que pretende que ese régimen sea lo suficientemente fuerte como para imponer condiciones en una futura negociación. Dimitri Trenin, director del Centro Carniege en Moscu, lo resumía en una frase días atrás: “lo quieran o no, Estados Unidos y Rusia deberán cooperar en Siria”. Para muchos, una victoria diplomática más de Vladimir Putin.

Yazid Sayigh, conocido analista palestino, advertía este septiembre en las páginas del diario árabe “Al Hayat” que estos anzuelos no garantizan la victoria, pero permiten al régimen comprar más tiempo para tratar de afianzarse en su debilidad. Esta perspectiva, que se agudizado con la reciente declaración del Kremlin de que se dispone a incrementar y mejorar su ayuda militar a Siria, ha causado que en Estados Unidos y otros países comiencen a alzarse voces críticas con la política de aislamiento. La semana pasada, senadores demócratas como Claire McCaskill o Jeanne Shaheen se preguntaron si no era tiempo de corregir el enfoque y abandonar la estrategia contra Al Asad en favor de combatir con más fuerza al Estado Islámico. Sus colegas Joe Manchin y Tim Kaine advirtieron, por su parte, del peligro que supondría, en la coyuntura actual, dejar un “vacío de poder” en la desmembrada Siria. Un giro político recibido con aplausos en Teherán, Moscú y Damasco.

El tercer pilar, “la gestión a través de crisis”, también parece haberle dado sustanciosos frutos al oftalmólogo reconvertido en tirano. A mediados de 2012, con el Ejército sirio arrinconado en Latakia y los alrededores de Damasco, Bachar al Asad arriesgó a jugar la carta del miedo de occidente al yihadismo. Consciente del poder que comenzaba a atesorar el Estado Islámico, centró su estrategia en conservar los centros de poder vitales y dejó que los radicales avanzaran hacia las zonas controladas por la oposición. Más organizadas y mejor pertrechadas, las huestes fieles al autoproclamado califa ganaron rápidamente posiciones en tierras vecinas a la frontera con Turquía y en provincias bajo la esfera de las fuerzas rebeldes, como Alepo o Deir Ez Zour. Su empuje no solo dividió a la oposición. Sirvió también para importar la guerra de Irak a los campos de Siria e impulsar el conflicto fratricida entre los diferentes mentalidades salafistas. El resultado hoy es que no existe un poder alternativo a Bachar al Asad más allá del temido Estado Islámico, y la oposición ha devenido en un batiburrillo de grupos armados, cada uno con sus propios objetivos: desde movimientos laicos a señores de la guerra, desertores y yihadistas, unos vinculados a la red terrorista internacional Al Qaida y otros a los servicios secretos de Jordania, Arabia Saudí y el resto de monarquías absolutistas de la península Arábiga. Un caos que azuza los temores a que se haga realidad ese “vacío de poder” y sea aprovechado por la facción más fuerte a día de hoy en Siria, el EI.

Argumentar, como han hecho algunos medios, que la crisis de los refugiados que asusta a Europa fue provocada por el régimen sirio es un acto de ignorancia. También lo es achacar su responsabilidad a Turquía o las autocracias del golfo Pérsico, aunque todos ellos compartan la culpa y se deba por ello exigirles responsabilidad -sobre todo a las últimas a la hora de asumir su cuota de absorción de refugiados-. Pero no se yerra al afirmar que la explosión migratoria ocurrida este verano entraba en los cálculos más optimistas de un régimen acorralado. Los hombres, mujeres y niños que desde hace semana llegan en masa a las fronteras de la decepcionante Unión Europea no huyen de la guerra. De la guerra, ya huyeron la mayoría de ellos hace cuatro años. Tampoco huyen solo de las barbas intransigentes del Estados Islámico, si no de los barriles con pólvora que vomitan los aviones de guerra de quien es todavía su presidente; de la violencia ciega y vengativa de los sabiha que ensangrentaron Houla. Ahora de quien huyen es del hambre y de la miseria, de la falta de esperanza y del hastío tras cuatro años de olvido internacional y dolor físico en precarios campos de refugiados o en guetos. Huyen del confinamiento en tierra extraña -y en ocasiones hostil- y de la ausencia de futuro en el horizonte. Según la Asociación para la Solidaridad con los Refugiados, cerca de dos millones de sirios malviven en la actualidad en Turquía, 260.000 de ellos en tiendas de campaña o en barrios prefabricados. Solo en Estambul, y de acuerdo con las cifras del ministerio turco de Interior, viven 330.000 sirios, la mayoría de ellos llegados en los primeros años de conflicto. Ciudades como Gaziantep, con 220.000, y Hatay, con cerca de 190.000, acogen un número mayor de refugiados sirios del que Europa no se quiere repartir. Son estadísticas oficiales. Periodistas turcos aseguran que la cifra, en algunas de estas localidades, es muy superior.

Muchos de los que se han instalado en las ciudades de frontera, como Hatay, se benefician del contrabando, en particular de gasolina y armas, pero también del estraperlo de alimentos y otros productos de primera necesidad, como las medicinas. Otros, los más pudientes, han abierto negocios y tratan de llevar una vida lo más normal posible. Y la gran mayoría intenta sobrevivir con trabajos precarios, explotados y mal pagados, situación que ya ha creado conflictos. O se abandona a la mendicidad -se calcula que solo en Estambul hay unos 3.000 mendigos sirios-. En un país con alto índice de paro, muchos turcos ven con indignación como los refgiados, que cobran menos y no exigen beneficios laborales, adquieren la mayor parte de los trabajos temporales en sectores como la agricultura y la construcción. Entre ellos hay médicos, enfermeros, ingenieros, administrativos, profesores, artistas o entrenadores de fútbol como Osama al Ghadab, el hombre al que salvó de la miseria la miserable zancadilla de una miserable reportera. Casi todos afrontan graves problemas de integración. La mayoría viven en guetos del extrarradio y no conocen la lengua del país. Son explotados y trabajan de sol a sol por un puñado de euros. Sin derechos y con miedo. En la mayoría de las poblaciones turcas se han registrado casos de violencia por parte de la población local contra “los sirios que nos roban el trabajo y el pan”. La sanidad es un lujo impensable, así como la educación. Estadísticas de organizaciones locales apuntan que la mayoría prefieren una solución que les permita regresar a casa que emigrar a Europa. Pero que si esa solución no llega, volverán a intentar una segunda huida.

Osama vivió esta experiencia en Turquía y tuvo suerte. La mayor parte de sus compatriotas no. Tras huir por segunda vez, se han topado con una segunda barrera de inhumanidad, injusticia e incomprensión. Concertinas que sajan el derecho a la dignidad; bombardeos sobre su país que solo benefician a la industria armamentística y enquistan el conflicto; errores estratégicos, cálculos políticos, prepotencia y ahora, vuelta al diálogo con un sátrapa al que hace apenas tres años se pretendía enterrar. Apostar por los que garantizan mano dura, como en Egipto, para alejar -sin resolver- el problema de nuestras fronteras: la arcaica receta de un decrépito y fracasado sistema político internacional, hijo del colonialismo, el capitalismo y el comunismo que dominaron el agostado siglo XX, y que cada vez urge más transformar. FIN

© Javier Martín

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Atentado en París: ¿Y si miramos al Golfo?

El viernes 13 de noviembre de 2015, la localidad tunecina de Sidi Bouzid, cuna de las ahora atribuladas “primaveras árabes”,  fue testigo de un suceso devastador. Prendida ya la luz del ocaso, un joven pastor de apenas 14 años apareció en sus calles con la cabeza de otro adolescente colgada de la mano. Aseguran los testigos que le vieron deambular que era incapaz de articular palabra y que su mirada proyectaba un infinito vacío, un dolor abisal y desgarrador. Solo cuando el pánico dejó de atenazar su alma, pudo contar que tres hombres, armados con pistolas y machetes, les sorprendieron en la loma en la que pastoreaba ganado con su primo. Les zarandearon, les golpearon, les ataron de pies y manos, y tras acusarles de herejes, sajaron la cabeza de su compañero. Después se la entregaron y le dijeron que si en algo apreciaba su vida, debía de ejecutar la misión que le iban a encomendar: debía llevarla y entregarla a su padres como señal de aviso para todos aquellos que colaboran con la Guardia Nacional tunecina en la lucha que desde 2011 libra con elementos yihadistas en las montañas de Kasserine, un agreste área de unos 100 kilómetros cuadrados de extensión en la frontera con Argelia que ha devenido en centro de control, instrucción y adoctrinamiento de radicales provenientes de todos los rincones del Sahel.

Desplomada la noche, la barbarie había quedado sepultada en los informativos por el peso de una masacre igual de atroz. Casi al tiempo que los padres del adolescente decapitado guardaban la cabeza de su hijo en la nevera en espera del forense, al menos ocho jóvenes esparcían el terror y la muerte en París en nombre de la herejía que predica la organización yihadista Estado Islámico. Al hilo del horror, las declaraciones, los debates y los análisis apresurados, hijos de la inmediatez y el congojo. “Primer atentado del Daesh en Europa”; “cambio de las tácticas del Daesh” fueron dos de los que más fama disfrutaron. Junto a un mantra iterado: “Seguridad, más seguridad”.

El brutal atentado en París tiene varios motivos, un contexto, y sobre todo, un origen que se debe combatir y tener siempre presente si la pretensión es diseñar un mundo más justo y seguro. El siete de enero de este mismo año, dos hombres armados sembraron igualmente el miedo en la capital de la luz con un atentado similar en nombre la misma interpretación desviada y herética del Islam que aplica el Estado Islámico. Armados con fusiles, penetraron en la sede del semanario satírico “Charlie Hebdo” y asesinaron a tiros a once personas. En su huida ajusticiaron a un policía y mataron a varias personas más en un supermercado en el que se acantonaron antes de abandonar este mundo. Aunque la acción fue reivindicada por la organización de Al Qaida en Yemen, la sombra del Estado Islámico siempre ha planeado sobre la masacre. Las fronteras ideológicas y estratégicas entre ambas organizaciones rivales son cada vez más difusas. En demasiadas ocasiones, son antiguos miembros de la red que lideró Osama bin Laden los que ahora combaten del lado del autoproclamado califa Abu Bakr al Bagdadi. Al fin y al cabo, las dos germinaron de la misma semilla.

Es el contexto, sin embargo, el que induce a pensar que la huella del Estado Islámico  también se insinúa en el atentado de enero. En aquellos días, las fuerzas kurdas, apoyadas por la aviación estadounidense, apretaban su cerco sobre la estratégica ciudad de Kobane, y el Estado Islámico sufría para retener una posición que facilitaba sus relaciones comerciales con las mafias del sur de Turquía y simplificaba la entrada de pertrechos y combatientes extranjeros. Un centro logístico, parada y fonda de voluntarios llegados de lejos, que caería en manos kurdas apenas tres semanas después. En las horas previas al ataque en París, unidades de los Peshmerga estrechaban igualmente su asedio sobre la también estratégica localidad septentrional kurda de Sinjar. Su caída se produjo casi en el momento en el que las bombas aturdían la capital francesa; la nueva derrota del EI quedó así eclipsada, ahogada bajo la hosca detonación de las balas en uno de los corazones de la nunca mejor dicho “vieja Europa”.

La respuesta de esa Europa ha sido desde entonces tan rancia como el adjetivo que la acompaña. Tan ciega y visceral como la dañina ambición que domina la actual política rusa. Al grito de “es la guerra”, ha satisfecho la inmediata sed de venganza de sus gobernantes con duros -e ineficaces- bombardeos sobre la ciudad de Raqqa, considerada la capital del Estado Islámico en Siria. Y con la adopción de nuevas leyes más restrictivas -y de pactos para la galería-, que coartan la libertad y los derechos de los ciudadanos europeos, pero que de poco o nada sirven para persuadir a aquel que está dispuesto a entregar su insatisfecha vida por un pedazo de impostado de paraíso. Ganar la guerra contra el yihadismo que crece y se acuna en Oriente Medio, contra el racismo, la exclusión y la injusticia social que lo nutre en las ciudades europeas, demanda un cambio absoluto -y sin dilación- de las equivocadas políticas que han imperado en la geoestrategia mundial durante las últimas cuatro décadas.

Exige acabar con el siglo XX -especialmente con su segunda mitad-, con el colonialismo, el imperialismo, el capitalismo y el comunismo que han facilitado dictaduras y extremismos que tanto dolor y muerte han infligido en las sociedades de Oriente Medio. Exige enterrar el Islam político que ha anclado a las sociedades musulmanas en la añoranza de un idílico pasado que nunca existió -sin dejarles si siquiera atisbar la modernidad y el futuro-, y superar el sentimiento de culpa asido a la II Guerra Mundial que aún atormenta Occidente, y que condiciona las relaciones con la región. Y exige, sobre todo, asentar la solución de los problemas que afronta este tiempo nuevo en el que, quizá, sea el único pilar sólido que nos ha legado la pasada centuria: la declaración desarrollada de los derechos del hombre. Siempre será lícito debatir que forma de democracia es más efectiva. Si es preferible -si es más justa o no- la que incluye la ley de Hont o aquella en que verdaderamente un hombre es un voto. Pero jamás se podrá admitir discusión alguna sobre el respeto y los límites de los derechos humanos: estos deben ser el irrenunciable cimiento sobre el que construir todas las sociedades del mañana.

El cambio mundial requiere, asimismo, rebuscar sin cortapisas en las raíces del conflicto. Raíces que irremediablemente se hunden en el golfo Pérsico y que están asidas a la principal de las herejías del Islam, aquella que está en el ADN tanto de países como Arabia Saudí, como de organizaciones del cariz de Al Qaida o el Estado Islámico: el wahabismo. Avanzado el siglo XIII de la era cristiana, en pleno apogeo del dominio mogol sobre la antigua Persia, Mesopotamia y el Levante Árabe, Ahmad ibn Taymiyya, un oscuro ulema afincado en Damasco, estableció los principios de la llamada yihad ofensiva. En una reflexión que condicionaría a partir de entonces toda la historia del mahometanismo, declaró que no solo era lícito luchar contra los nuevos dirigentes, sino que constituía un mandato ineludible ya que su conversión al Islam crecía de sinceridad. El hombre que redefinió el concepto de yihad abogó, además, por la recuperación de una imagen prístina -e idealizada- de la religión mahometana y por una interpretación literal de El Corán, según el texto que había quedado fijado casi dos siglos después de la muerte del Profeta. Sus escritos influyeron sobremanera en un clérigo posterior, Mohamad abdel Wahab, quien en el siglo XVIII extremó los conceptos y alumbró una nueva y más retrógrada interpretación de la tradición islámica en la región del Nedj, corazón de la futura Arabia Saudí. Un oasis en pleno desierto que de acuerdo con algunos textos islámicos está maldito, ya que estaba predicho que en él nacería “la cornamenta del diablo”.

Abdel Wahab fue perseguido, expulsado y declarado hereje por sus propios correligionarios hasta que halló refugio en la corte de un señor tribal con ambiciones de conquistador: Mohamad ibn al Saud. Ambos establecieron una alianza político-religiosa que 250 años después aún sostiene y vertebra el reino de Arabia Saudí. Alimentadas por los recursos de Ibn al Saud y arengadas por la legitimidad religiosa que se arrogaba Abdel Wahab, las tropas saudíes-wahabíes pronto se hicieron con el control de la mayor parte de la Península Arábiga. A principios del siglo XIX habían arrinconado a los chiíes, que consideraban herejes, en las regiones costeras del Este -donde después se hallaría el petróleo- y en 1805 habían penetrado en el futuro Irak, donde perpetraron varias masacres que aún retumban en la historia negra de los seguidores de Ali. En las décadas siguientes, su influencia se extendería con presteza hasta las tierras altas de Afganistán, la India y el futuro Pakistán: los primeros suicidas que atentaron contra la presencia colonial del Reino Unido en Asia Central eran wahabíes autóctonos instruidos por clérigos árabes llegados de la península Arábiga.

La historia del reino árabe del desierto dio un nuevo giro en 1945. El 14 de febrero de ese año, escasos tres días después de la crucial conferencia de Yalta, el entonces rey de Arabia Saudí -y fundador del moderno estado- Abdulaziz Ibn Saud y el entonces presidente estadounidense, Franklin D. Roosvelt, compartieron unos minutos a bordo del buque de combate USS Quincy, que navegaba por aguas del golfo de Suez. Diversas fuentes coinciden en señalar que fue en su cubierta donde ambos cerraron un pacto de caballeros secreto por el que Arabia Saudí se comprometía a abastecer de petróleo de forma preferente a Estados Unidos a cambio de apoyo político y garantías plenas de que siempre defendería su seguridad. A lo largo del siglo XX, el supuesto acuerdo ha sido respetado de forma escrupulosa por todos y cada uno de los inquilinos de la Casa Blanca. Y se ha desarrollado de forma sostenida hasta convertir al reino wahabí en el principal aliado árabe de Washington -y de Occidente- en la región. En 1980, tras el triunfo de la Revolución Islámica en Irán y el intento de asalto de la Gran Mezquita de la Meca por el saudí Juhaiman al-Otaibi y sus hermanos salafistas -acusaban a la casa de Al Saud de corrupción moral, como hizo también Al Qaida y como hace en la actualidad el Estado Islámico- la relación se consolidó aún más. Arabia Saudí se convirtió en uno de los principales compradores de armas a Estados Unidos, y Estados Unidos cumplió con la promesa de defender la plutocracia saudí enviando tropas para expulsar de Kuwait al Ejército de Sadam Husein. Una década antes, y con la ayuda inestimable de Pakistán, ambos abrieron el llamado “puente de los muyahidin”: un corredor que permitió que miles de radicales islámicos procedentes de todos los rincones del mundo musulmán se formaran y se sumaran a la lucha armada contra la ocupación soviética de Afganistán. Destruido el muro de Berlín, la mayor parte de ellos regresaron a sus países donde se encontraron que en vez de ser recibidos como ´héroes, eran empujados a la cárcel o a la clandestinidad. Quienes lograron huir de las dictaduras árabes aliadas de Occidente pronto hallaron un nuevo refugio: las decenas de grupos salafistas, de inspiración wahabí, que en el tránsito entre siglos se sumaron a la red terrorista internacional Al Qaida.

Avanzado 2015, Arabia Saudí es el ajo de todas las sopas que hierven en Oriente Medio. Secundada por el denominado “Consejo de Cooperación del golfo Pérsico” (CCG) -un organismo regional al que también pertenecen Bahrein, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Omán y Qatar y que creó en 1980 para frenar la influencia de Irán-, fue uno de los principales instigadores entre bambalinas de la ilegal invasión de Irak (2003), y del error fatal que supuso la aniquilación del régimen baazista de Sadam Husein. Ocho años después, descolló como el enemigo más enconado de las mal etiquetadas “primaveras árabes”. No solo se contentó con reprimir sin compasión la que se gestó en el seno de su cansada y empobrecida sociedad. Cuatro años más tarde, es el principal valedor del nuevo dictador de Egipto: Abdel Fatah al Sisi. A su disposición puso el dinero, las armas y la influencia política para derrocar el gobierno ganado en las urnas por los Hermanos Musulmanes, y para aplastar el creciente movimiento social laico. De forma similar, dinero y armas saudíes llegan -pese al embargo de la ONU- al general Jalifa Hafter, un tenebroso oficial que participó en el incruento golpe de Estado que aupó al ahora derrocado Muamar al Gadafi, que años después se convirtió en su principal opositor en el exilio -vivió durante décadas cerca de la base de la CIA en Washington- y que casi concluido 2015 ha devenido en el mayor escollo para la paz en Libia. Tropas de Arabia Saudí bombardean sin misericordia desde hace más de un año Yemen, y a los servicios de Inteligencia saudíes se le atribuye gran parte del caos que desangra Siria. Riad fue el principal responsable de la atomización de la oposición siria en el exilio a lo largo del 2012; en su palacios espantaba la opción de que el mayor peso lo sustentara la rama siria de los Hermanos Musulmanes. Comandantes del Ejército Libre Sirio (FSA) se han quejado amargamente en numerosas ocasiones de que no les llegan las armas prometidas por Arabia Saudí; mientras que los grupos yihadistas entroncados con sociedades caritativas y religiosas wahabíes-saudíes tienen los arsenales y santabárbaras repletos. Además, Arabia Saudí ha sido, junto a Israel, el mayor y más contumaz opositor al acuerdo nuclear entre las seis potencias mundiales e Irán, país con el que mantiene un pulso político e ideológico que ha condicionado todas la políticas en Oriente Medio desde la década de 1980.

Aquellos que ahora bombardean con saña el Estado Islámico son los mismos que han permitido que Arabia Saudí -un país de apenas 28 millones de habitantes- se convierta en cuarto comprador mundial de armas, solo por detrás de Estados Unidos, Rusia y China, y por delante de potencias como Alemania, Francia o el Reino Unido. Aquellos que denuncian las atrocidades del Estado Islámico, son los mismos que negocian y protegen a un país listado entre los mayores predadores del mundo de la libertad y los derechos humanos. En Riad, al igual que en Raqqa, las mujeres no pueden salir solas a las calles; tienen vedado conducir y deben pasear cubiertas de los pies a la cabeza; no pueden viajar sin el permiso de su marido, padre o tutor, y están segregadas en la escuela, en los mercados y en el trabajo de los hombres. El voto es un derecho que han adquirido hace muy poco. En Riad, al igual que en Raqqa, no se pueden levantar iglesias ni mostrar cruces, y cualquiera puede ser apaleado y detenido por la Policía moral si pasea por la calle a la hora del rezo. En Riad, al igual que en Raqqa, se decapita en público a los condenados por asesinato, tráfico de drogas, violación, robo con violencia, apostasía y brujería. Se amputan miembros por delitos considerados menores y se corre el riesgo de ser flagelado por consumir alcohol o escribir un tweet que se considere blasfemo.

Aquellos que un día aplaudieron y animaron las “primaveras árabes”, son los mismos que callan cuando las organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos denuncian que las cárceles saudíes están repletas de hombres y mujeres que simplemente piden derechos, libertad, democracia, justicia social y un sistema legal que no dependa del arbitrio de clérigos ancianos formados en una interpretación retrógrada de la ley de Alá. Aquellos que se lamentan del poder de persuasión y del aparato de propaganda del que disfruta el Estado Islámico son los mismos que han permitido que las mezquitas wahabíes, financiadas con petrodólares saudíes y adalides de una forma de Islam radical, hayan proliferado en Europa y en los países árabes. Aquellos que apelan a neutralizar las vías de financiación del Estado Islámico, son los mismos que han abierto las puertas a la inversión árabe, a la compra-venta de equipos de fútbol, de patrimonio inmobiliario, de agua europea, e incluso de deuda. Y que se pelean porque sus empresas ganen contratos en el golfo Pérsico. Los mismos que son incapaces de exigirle al gobierno saudí que frene el flujo de limosnas y de armas que asociaciones wahabíes y musulmanes a título personal envían desde oficinas y bancos del Pérsico -incluso de Europa y de otros países árabes- a oficinas y mezquitas de Siria e Irak.

Aquellos que dicen recurrir a las bombas para defender la democracia, son los mismos que han negado durante años a las sociedades árabes el derecho a vivir libres. Aquellos que durante años apoyaron a dictadores como Hosni Mubarak, el propio Bachar al Asad, o Zinedin el Abedin Ben Ali y que cuatro años después de la caída del primero de ellos, son los mismos que respaldan sin sonrojo al sátrapa que le ha sustituido, pese a que los egipcios dejaron claro que ansiaban desprenderse del yugo que les asfixiaba. Aquellos que invocan la violencia para acabar con la violencia son los mismos que permitieron que esas dictaduras y las monarquías autoritarias árabes barrieran los movimientos de oposición y no dejaran otra alternativa a la tiranía que el islamismo. Alternativa es quizá la palabra clave. Construir -y no destruir- es probablemente la esencia de la ecuación. Construir sociedades alternativas basadas en la dignidad, en los derechos humanos y la justicia social es lo que piden los ciudadanos árabes y musulmanes; sociedades en la que los jóvenes puedan atisbar un pedazo del horizonte para que no se sientan obligados a elegir entre la nada y la quimera de un paraíso impostado. FIN

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Estado Islámico (año II): en el umbral, Bagdad

Destruida la casi inexpugnable fortaleza de Alamut, bastión de la secta de los Hashasin, Hulagu Jan, nieto de Gengis Jan, y primer señor del Iljanato persa, ordenó a su mariscal de campo, Gao Jan, que pusiera rumbo a Bagdad, capital del débil y presuntuoso califa abbasí Al Mustasim. El invierno asomaba a las puertas de Mespotamia y el mercenario chino, como el resto de las tropas, anhelaba un pequeño receso en la orgía de campañas militares que le habían llevado a arrasar a los luros y a quebrar la numantina resistencia de los suicidas chiies. Pero era un guerrero disciplinado y ni siquiera osó preguntar. Apenas dos meses después, el 29 de enero de 1257, los hombres a su mando levantaban un férreo cerco en torno a la que entonces todavía era el corazón del Islam.

Afirman los cronistas de la época que fue la negativa del califa a enviar tropas de refuerzo al emergente señor lo que enervó al cruel Hulagú y precipitó su decisión de aniquilar la urbe. Pero lo cierto es que hacía más de una década que los janes, en su imparable avance hacia el oeste, ansiaban la conquista y sumisión de la llamada “ciudad de la paz”. Más por el simbolismo que esta captura implicaba que por las riquezas que sus palacios pudieran todavía atesorar. Pese a su declive, Bagdad era aún la histórica sede del califato. La urbe que el egregio Al Mansur levantó a la vera de la legendaria Ctesifonte para glorificar sus victorias y perpetuar su recuerdo. La que hospedó las “mil y una noches” de Harum al Rashid, el vicario de Alá que sedujo el mundo. El lugar donde aún residía la legitimidad divina del poder terrenal que los mogoles despreciaban. Y destruirla se antojaba, en su mente, como la demostración más diáfana de su emergente supremacia.

Más de 800 años después, las tropas del autoproclamado califa del siglo XXI han enarbolado sus zaínos blasones en las mismas tierras en las que Hülagu y su Ejercito comenzaron a levantar la empalizada, y a cavar el foso que quebrarían la resistencia del último de los abbasíes. Y con el mismo objetivo. Según vecinos que han logrado huir, la bandera del Estado Islámico (EI) ondea desde hace días en el edificio del gobierno de Ramadi, y sus soldados patrullan las calles, firmes y amenazantes, a apenas medio centenar de kilómetros de la antigua capital califal, ahora en poder de los “herejes” chíies y sus aliados occidentales.    

Una noticia trascendental que ha pasado casi desapercibida en la prensa española, interesadamente atenta a casi todo de lo que sucede en la antigua Mesopotamia. La toma de Ramadi, umbral de acceso a Bagdad, comparte similitudes con la crucial -y también casi inadvertida- ocupación en 2012 de las localidades periféricas de Mosul, cuya conquista definitiva no solo permitió a Abu Bakr al Baghdadi y a sus secuaces llenar el tesoro, si no consolidar también su poder e influencia en el norte de Irak. Una operación militar larga, paciente y bien planificada, que combinó espectaculares acciones terroristas, tácticas de guerrilla maoista y estrategias de Ejército regular, y que concedió  al EI su mayor triunfo hasta la fecha. Dos años de acoso y asedio que arrancaron con una serie de crueles y extremadamente cruentos atentados suicidas, que segaron la vida de decenas de personas y propalaron el pánico entre la población; prosiguieron con ataques individualizados, a la carta, obra de escuadrones de la muerte, que diezmaron las fuerzas de Seguridad locales, minaron su moral e hicieron que muchos de los oficiales optaran por la huida; y culminaron con una serie de precisos bombarderos artilleros que abrieron definitivamente las cancelas de la ciudad y permitieron a los soldados del nuevo califa tomar sus calles casi vacías, sin otros disparos que los tiros brindados al aire en señal de alegría.

Mosul, ciudad en la que Al Baghdadi se autoproclamó califa, fue el segundo peldaño de una peligrosa y ambiciosa escalera que comenzó a urdirse en Raqqa -ciudad a la que Harum al Rashid trasladó su capital, harto de la humedad y el calor de la ciudad circular- y que desciende hacia el sur a través de localidades como Tikrit y Ramadi para aposentarse en Bagdad. Obsesionado con los símbolos del pasado, consciente de la legitimidad y los atributos casi divinos que el título de califa tiene en el acervo islámico suní, y del honor que significaría arrebatar a los chiíes y a los nuevos sarracenos la antigua capital de los califas abbasies, Al Baghdadi -que vive en permanente peregrinaje en un área romboidal cuyos vértices son Mosul, Raqqa, Tel Afar y Samarra- aspira a entrar en la ciudad de Al Mansur y reclamar así, desde el trono de Harum al Rashid, el cetro perdido del islam. 

A sus puertas no le espera un califa presuntuoso y frágil como Al Mustasim, manipulado y sometido a la voluntad de su pretorianos mamelucs. Si no la poderosa Guardia Revolucionaria iraní y los cuerpos de elite del movimiento chiíta libanés Hizbulá, apoyados por un endeble Ejercito iraquí y escuadrillas de cazabombarderos saudíes y estadounidenses. Hulagú apenas tardó tres semanas en destruir la histórica capital abbasida. El 5 de febrero de 1257 sus soldados ya dormían a la sombra de sus murallas y el 10 Al Mustasim bajaba las espadas. Tres días más tarde, autorizó una bacanal de sangre y fuego que redujo a cenizas sus edificios y segó la vida de decenas de miles de personas, incluido el propio califa y su estirpe. Poco después, caerían a los pies de su desatada ambición Homs, Alepo, Hama y Damasco, hasta que los mamelucos egipcios pusieron freno a su codicia en la histórica batalla de Ayn Halut. Hasta ahora, Al Baghdadi -que ha añadido artificialmente el patronímico de la ciudad a su nombre- ha mostrado que la prisa no está entre quienes le acompañan. FIN      

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OBAMA, IRÁN Y EL NECESARIO ADIOS AL SIGLO XX

En el otoño de 2009, el siempre criticado -y probablemente injusto- comité para los premios Nobel, anunció una de las decisiones más controvertidas en sus más de cien años de existencia. La concesión del premio más prestigioso de la Paz para un recién estrenado presidente de Estados Unidos, Barack Obama. No menos sorprendentes y polémicas fueron las razones en las que sostuvieron su inesperada decisión: en tiempos en los que la confianza parece demodé -sirva de ejemplo la puñalada de Angela Merkel a Grecia, un país que supo perdonar a la entonces exhausta Alemania parte de la deuda tras la demencia de Adolf Hitler y el Nazionalsocialismo-, los sabios del Nobel entregaron el galardón al primer presidente negro de Estados Unidos por la ilusión que habían generado sus “esfuerzos (todavía escasos) para fortalecer la diplomacia internacional” y “las esperanzas de un mundo mejor” que proyectaban. Todo un canto al optimismo.

Cinco años después, el periodista Thomas Sparrow se preguntaba en un prolijo artículo publicado en la página web de la BBC si el mandatario, ahora encanecido por el desgaste físico y mental que implica el poder, había cumplido con las expectativas que le valieron tan alta distinción.  El inicio, recordaba, había sido prometedor. Su voluntad de caminar hacia un mundo libre de armas nucleares había arrancado en 2010 con un simbólico acuerdo, bautizado como “New Start” y firmado con su entonces colega ruso, Dimitri Medvedev, en el que ambos países se comprometían a reducir sus arsenales de armas nucleares estratégicas y a compartir nuevos procesos que permitieran verificar la cantidad que cada uno de ellos poseía. Un lustro después, y con el halcón Vladimir Putin de nuevo al frente de la gran Rusia, ambos países han dado un paso atrás. El Pentágono ha encargado 12 nuevos submarinos, 100 nuevos bombarderos, 400 misiles y ocho plantas y laboratorios atómicos.  Moscú, por su parte, anunció el pasado 16 de junio que a lo largo de 2015 ampliará su arsenal nuclear con la puesta en funcionamiento de 40 misiles intercontinentales capaces de superar sistemas antimisiles sofisticados como el que Washington promueve en Europa del Este.

Sparrow recordaba, asimismo, que Obama prometió la retirada de Irak y el desenganche paulatino de las tropas norteamericanas de los conflictos en Oriente Medio. El repliegue se inició también en 2010, pero la aparición, ese mismo año, del grupo que devendría en 2014 en la organización autoproclamada Estado Islámico (EI), alteró sus planes. Avanzado 2015, y con el EI más sólido en sus bastiones de Irak y Siria -donde ha duplicado el territorio bajo su control en apenas doce meses- más aviones no tripulados estadounidenses entran en combate cada día. No sólo en los dos países citados. También en Yemen, donde su principal aliado árabe -Arabia Saudí- se halla embarrado en una guerra que decidirá el destino de la nueva rama gobernante en Riad: la del rey Salmán y su estirpe.

El periodista británico mencionaba, igualmente, la agria cuestión del cierre de la vergonzante cárcel de Guantánamo, otra de las promesas de política internacional incumplidas por el primer político que dijo en voz alta la inspiradora frase con la que los historiadores del futuro recordarán este convulso inicio de centuria: “Sí, podemos”. En un, quizá, arrebato de intuición, Sparrow concluía, no obstante, que el premio mantenía su vigencia, porque más allá de los hechos, la filosofía de la palabra de Obama ha logrado consolidar nuevos valores. Aquella todavía cercana Navidad de 2014 pocos preveían los transcendentales acuerdos con Cuba e Irán, diseñados para acabar con una obsoleta geo-estrategia que aún nos atormenta.

Obama comenzó a ganar el premio nobel de la paz  con el discurso que el 4 de julio de 2009 pronunció en la Universidad Americana de El Cairo. Aún recuerdo el aroma agridulce que dejó en muchos de mis colegas en Egipto. Y puso las bases para hacerse merecedor del mismo cuando dos años después autorizó la apertura de reuniones secretas con el régimen iraní a través de diversos intermediarios, en particular el Sultán de Omán, Qabús. Era una decisión altamente arriesgada. En aquellos días, la teocracia persa había destapado el peor de sus desabridos rostros y reprimido, a sangre y fuego, el movimiento de reforma verde. Las llamadas “primaveras árabes” acababan de estallar y un fantasma débilmente amarrado a la promesa del cambio que implicaba aquel “Sí, podemos” comenzaba a teñir de ilusión -después revertida en sangre y mentiras- las calles del siempre atribulado Oriente Medio. Recuerdo que en aquellos días, los cinco únicos periodistas extranjeros que residíamos en Teherán soñábamos en mi casa, durante nuestros aquelarres periodísticos nocturnos, con ver llegar de tapadillo en el legendario aeropuerto de Mehrabab a un enviado de la Casa Blanca, como lo hizo Henry Kissinger en China.

Cuatro años después, esas negociaciones -plagadas de trampas- han desembocado en un acuerdo que pone las bases para destruir el pernicioso “desequilibrio de fuerzas” que se estableció en Oriente Medio en 1979. Que nadie espere aún ver a Obama descender por la escalerilla del “Air Force One” en la polucionada y caótica Teherán. Existe todavía una larga senda que recorrer, salteada de agazapados tramperos más peligrosos que los de antes (ahora son todavía más conscientes de lo mucho que pueden perder). Y al final de ella espera un hombre asido al ayer, a la política rancia del siglo XX, cruel y caprichoso, bendecido por un poder de hálito celestial, omnímodo, capaz de virar en cualquier momento. El gran ayatolá Alí Jameneí tiene la última palabra. Si los enviados de su amigo y confidente, Hasan Rowhaní, han firmado, es porque el hombre que juró hacer pagar a Estados Unidos su soberbia, ha asentido. De igual manera, puede volver a cerrar una puerta que cree manejar a su antojo.

El acuerdo, pese a lo que se ha publicitado, confirma algo que todos conocían, pero que nadie jamás se atreverá a admitir públicamente: que el programa nuclear iraní es irreversible, y las sanciones, por tanto contraproducentes e inútiles. En 2009, el entonces presidente iraní Mahmud Ahmadineyad nos llevó a un grupo de periodistas a visitar la central nuclear de Isfahan: vestido con una bata blanca, rodeado de su cohorte y con su indeleble sonrisa anunció que Irán había conseguido dominar el ciclo completo de enriquecimiento. El régimen de los ayatolá tenían los medios y el conocimiento para manipular el uranio de forma autosuficiente. Llegar al umbral de la proliferación nuclear -que alcanzarían unos meses después- era ya una simple cuestión aritmética: dependía del número de centrifugadoras en cascada que pudiera juntar. Un problema menor para un país que ya ensamblaba sus propias maquinas de segunda generación, gracias a la colaboración de expertos pakistaníes y norcoreanos, y comerciantes chinos y de las ex repúblicas soviéticas.

La administración Obama entendió entonces que la estrategia debía tornarse. Exigir a Irán que destruyera un programa bélico que tanto dinero y esfuerzo le había costado desarrollar era una quimera. La estrategia debía tender a incluir a Irán de forma discreta en el club y al igual que en durante la guerra fría, llegar a un entente para convencer al régimen de los ayatolá  de que las protegiera como es necesario y no hiciera uso de ellas. Esa idea parece reposar bajo la declaración del presidente norteamericano de que no se trata de un acuerdo de confianza “si no de verificación”, como el que se estableció con Rusia. El objetivo debe ser ahora que la industria armamentística persa no avance en el programa balístico.

Irán, por su parte, adoptará la táctica israelí: guardar silencio en torno a su programa atómico pese a tener sus arsenales repletos de cabezas nucleares. Los acuerdos con Cuba y con Irán supondrán el fin de la guerra fría y la vieja política del siglo XX en el Caribe y Oriente Medio porque ataca insidias amarradas a la noche de los tiempos. La Habana es esencial porque abre las puertas al rico Caribe y acaba con los míticos espectros del comunismo trasnochado. El entendimiento de Irán es clave para poder avanzar en la lucha contra la herejía del Estado Islámico; pero también para resolver guerras como las que ensangrientan Siria -Irán es el principal sostén de la dictadura de Bachar al Asad- o Yemen -donde apoya a grupos Houthis. Contribuirá también, posiblemente, a reducir la preponderancia de Arabia Saudí y del wahabismo, numen y origen del yihadismo que amenaza al mundo. No quiere decir que Teherán vaya a sustituir a Riad en la escala de aliados de Washington en la región, pero sí que hará más difícil para la casa de Saud justificar políticas hasta la fecha injustificables. La guinda sería que a ambos países se les exigiera el mismo respeto  a unos derechos humanos que a diario violan con la misma contumacia.

Y asienta las bases (aún endebles) para poner fin a una injusticia que envenena Oriente Medio y la política internacional desde el fin de la Segunda Guerra Mundial: el conflicto en Palestina. El opositor más enconado a un acuerdo histórico fue, minutos después de ser anunciado, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, quien en medio de los aplausos del resto de la comunidad internacional no tuvo empacho de admitir que hará todo lo que esté en su mano para destruirlo. Una amenaza inquietante a la luz de las políticas que sigue en su país de apoyo a las acciones racistas, carentes de escrúpulos, de los colonos, en los que sostiene el mullido columpio de su poder.  La perspectiva de un Irán rehabilitado arroja nuevas piezas en el tablero regional (Teherán, por ejemplo, es el principal benefactor, junto a Qatar, del movimiento de resistencia palestino Hamás). No significa que vaya a retomar el papel de guardián que desempeñó en tiempos del último Sha de Persia, Mohamad Reza Pahlevi, lacayo de todo aquello que facilitara su hedonista vida. Si no que se proyecta como el primer paso de una ruta aún enmarañada, tan larga como espinosa, plagada de curvas traicioneras, que dos enemigos que aún se escudriñan con el rabillo del ojo tras años dándose la espalda han aceptado intentar recorrer juntos, pero no revueltos. El inicio del fin, quizá, de un viaje cuyo desenlace probablemente conoceremos rodeados de nietos y cuyo impulso fue un hombre al que le dieron un premio nobel de la paz visionario por el espíritu de transformación y cambio que supo inculcar al mundo con un simple “Yes, we can”.  FIN

© JAVIER MARTÍN

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