LA HYDRA

Cuenta el mitógrafo e historiador griego Apolodoro de Atenas que, desesperado por la rápida e imparable reproducción de sus cabezas, el héroe Heracles solicitó ayuda a su sobrino Yolao para matar a la Hydra y completar así el segundo de los doce trabajos que le había impuesto Euristeo, rey de Argólida. Según la epopeya, fue al joven a quien se le ocurrió la idea -al parecer inducida por Atenea- de cauterizar las heridas para evitar que aflorasen más testas y permitir así al héroe decapitar a la bestia que guardaba una de las puertas del inframundo. Desde que hace casi una década, yihadistas inspirados por la red terrorista internacional Al Qaeda perpetraran el mayor atentado del siglo XXI, expertos, historiadores y periodistas han recurrido en incontables ocasiones al simil de este animal mitológico para explicar la difusa y etérea de esta organización surgida del wahabismo radical saudí. Un ejemplo que parece casi acertado. Aquel fatídico 11 de septembre de 2001, su audaz, cruel y espectacular ataque en territorio norteamericano le proporcionó un lugar destacado en los anales de la crónica negra de la historia. Desde entonces, ha actuado sobre todo como una multinacional del terror con franquicias en la mayor parte de los países árabes y musulmanes; como fuente de inspiración para miles de radicales islámicos, en todo el orbe, convencidos de la necesidad de combatir a los herejes occidentales y a sus propios gobiernos, a los que que acusan de impiedad y traición al Islam primigéneo. Al frente de ese sentimiento, un símbolo: Osama bin Laden, el hombre cuyo rostro quedó asociado para siempre al horror de las torres y cuya barba desaliñada se herró a fuego en el imaginario de una sociedad atónita, aterrada y sedienta de venganza.

Diez años después, yace en algún lugar ignoto del océano y la humanidad parece respirar aliviada. Sin embargo, al contrario de lo que se pueda creer, la cabeza inmortal de la hydra no ha sido segada. Como recuerda en un reciente artículo el periodista de origen palestino Abdel Bari Atwan, director del diario en árabe con sede en Londres Al-Quds al-Arabi y uno de los escasos periodistas que pudo entrevistar en persona la líder y fundador de Al-Qaeda, la red fue diseñada hace más de dos décadas y ya desde el principio optó por una estructura tentacular que le permitiera perder a sus cabecillas sin que la aramazón se viera apenas afectada. La tradicional pirámide de poder fue sustituida por un entramado de células independientes y grupos afiliados, ideologicamente gemelos pero con una amplia libertad para actuar en el momento y lugar que consideren oportuno. Las responsabilidades están tan repartidas y delegadas, que la desaparición de un cerebro tiene un impacto relativo en la capacidad de supervivencia del grupo y en su habilidad para llevar a cabo sus objetivos. El mejor ejemplo es el propio Bin Laden, reemplazado desde hace años por su socio y mano derecha, el egipcio Ayman al-Zawahri. Su supuesta debilidad física y el acoso al que le sometían las fuerzas estadounidenses le habían obligado a abandonar la vanguardia, aunque permanecía como pétreo modelo e inefable icono. Sucesores ahora no le faltan: su propio hijo Saad; el clérigo asentado en Yemen Anwar al-Awlaki o Adam Gadahn, apodado el americano.

http://gulfnews.com/opinions/columnists/war-against-terror-far-from-over-1.802903

Al Qaeda no es la hydra, sino una de las múltiples cabezas de un mostruo nacido hace más de cuatrocientos años de la convergencia entre las teorías yihadistas de un monje-guerrero de origen sirio llamado Ibn Taymiya y la interpretación retrógrada y oscurantista del islam de un clérigo saudí conocido como Abdel Wahab. La doctrina resultante, agresiva e intransigente, prendió en el albor del siglo XVIII en las zonas tribales de los actuales Afganistán y Pakistán, donde islamistas radicales de inpiración deobandi ya pusieron en jaque a las tropas coloniales británicas, que como las soviéticas 200 años después hubieron de retirarse apaleadas, impotentes y con un incontable número de bajas. Desde entonces, la versión más intolerante de la religión mahometana se ha asentado en esa agreste región del planeta, alimentada intelectual y espiritualmente por el reaccionario wahabismo de raíces saudíes. Una corriente que desde 1973, y gracias al boicot petrolero de los países árabes durante la guerra del Yom Kipur, además la finaciancia con millones de petrodólares. En las décadas siguientes, otras cabezas brotaron, como las dictaduras militares árabes, con su pobreza, desencanto, ausencia de libertades y falta de horizontes, que decenas miles de ciudadanos que ya no creen en Bin Laden han sajado en estos últimos meses en países como Egipto o Túnez. Pero ni Occidente -cual Heracles- ni los propios musulmanes -en el papel de Yolao- se han atrevido aún con la cabeza imortal, que repta confiada en el corazón de la península Arábiga, armada con un nocivo aliento que desprende cierto olor a nafta. Mientras siga viva, cualquier esperanza de evolución en la zona se antoja baldía. FIN

info@javier-martin

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