Primavera con peligroso aroma a otoño…

El pasado 7 de mayo, Egipto volvió a copar la primera página de la prensa internacional con un suceso trágico, pero desgraciadamente corriente en el país del Nilo durante los últimos años. Al menos una decena de personas perdieron la vida en el populoso barrio cairota de Imbaba cuando grupos de radicales musulmanes atacaron una iglesia copta, donde supuestamente estaba retenida una mujer cristiana que por simple matrimonio -o por amor- iba a convertirse al Islam. Relegada a páginas interiores -e incluso obviada por gran parte de la prensa internacional- quedaba, sin embargo, una disputa de similar barniz pero, quizá, de naturaleza más amplia e inquietante: las protestas en la provincia meridional de Qena contra el nombramiento, el 14 de abril, del nuevo gobernador de la provincia, el general copto Emad Mijail.

Diez días después de conocerse la designación, cientos de habitantes de esta empobrecida área del sur de Egipto se echaron a las calles y bloquearon la línea ferroviaria para exigir el cese de un hombre procedente del temido y denostado aparato de Seguridad del antiguo régimen. La virulencia de la movilización -en la que participaron tanto cristianos como musulmanes- obligó a la Junta Militar que gestiona el país a dejar en suspenso la designación de Mijail y colocar en su lugar, de manera interina durante tres meses, a otro militar, Mayid abd al-Karim, éste de confesión musulmana. La componenda no sirvió, sin embargo, para apaciguar la ira de los habitantes de la población, que ya ha sido escenario en el pasado de violentos y cruentos enfrentamientos sectarios.

Días después, una delegación de representantes de la comunidades locales explicó al ministro de Interior, su paisano Mansur al-Issawy, las razones de la rebeldía: los dos generales eran percibidos como una reminiscencia del derrocado régimen. Mijail, en particular, ejercía de subcomisario de la oficina central de Seguridad de Giza cuando estallaron las revueltas contra la satrapía de Hosni Mubarak. Aunque su papel en la represión no ha sido demostrado, algunas personas le señalan como uno de los responsables de la violencia en las primeras semanas. Los líderes locales advirtieron, además, de que si el Ejecutivo persistía en su decisión de mantener en el cargo a ambos militares emprenderían una serie de medidas de presión más duras. Pese a la amenaza, el Gobierno optó por hacer oídos sordos y rechazó el cese de Mijail.

Los sucesos en Qena e Imbaba ponen de manifiesto que los problemas estructurales de Egipto como sociedad y nación no sólo perduran, sino que están aún muy lejos de resolverse; y proyectan, asimismo, la turbadora sensación de que la ilusionante “primavera egipcia” podría devenir en un frío otoño con tintes de crudo y dramático invierno, e implicaciones en el resto del mundo árabe.

Más allá del conflicto político o religioso, el problema reside en que la población comienza a sentir que los nuevos rectores del país son de la misma calaña que sus odiados predecesores. Gente que tiene una agenda propia y no escucha ni valora la voluntad del pueblo, explica el escritor y analista egipcio Alaa al-Aswany. “El Ejército salió fortalecido de la revuelta. Con todo el crédito de la población. Pero algunas de sus decisiones políticas, y sobre todo, la lentitud de las reformas y la persistencia de los problemas económicos pueden minar esa confianza. Si la gente vuelve a la calle, ninguno sabemos qué actitud adoptarán esta vez”, explica Hasan M., uno de los jóvenes activistas que durante casi un mes participó y animó la histórica movilización en la plaza de Tahrir.

En este aparente juego de desconfianzas, una de las fuentes de mayor recelo es la facilidad con la que algunos grupos apelan a la religión, la manipulan y logran con ello movilizar a la población. Según colegas egipcios que cubrieron “in situ” las protestas de Qena, además de los cristianos, participaron en la misma caciques, Hermanos Musulmanes, grupos Salafies y partidarios de la rediviva organización radical violenta Gamaa al-Islamiya. Aunque las críticas públicas eran las ya referidas, en algunas de las mezquitas también se escuchaban consignas como “alza tu cabeza, eres musulmán” o “Salafies y Hermanos Musulmanes son un voz única en contra del gobernador nazareno”. Todos ellos, junto a miembros del desmantelado Partido Nacional Democrático (NPD) y ex miembros de los temidos Servicios Secretos, están cada vez más presentes en la complica transición política egipcia.

A este respecto, analistas locales coinciden en advertir que estos grupos religiosos se fortalecen día a día, y argumentan que su fuerza procede, en gran medida, de la intrascendencia en la que parecen haberse sumido los movimientos laicos. Aunque fueron uno de los factores determinantes en la caída del régimen, no han sido capaces aún de forjar una opción política que mantenga el grado de ilusión y cohesión necesarias para hacer frente a una mejor y más organizada oposición religiosa. La lentitud de las reformas, su tibieza en ocasiones, y la persistencia de la precariedad económica contribuyen, igualmente a esta tendencia. Por ello, esos mismos expertos reclaman más apoyo exterior y ayudas efectivas -principlamente en los sectores financiero y comercial- que contribuyan a resucitar la economía, mantegan las esperanzas, favorezcan las expectativas de futuro de los jóvenes y eviten que la compleja transición pueda ser secuestrada por los más intransigentes. No se trata de arrinconar a grupo alguno, subrayan, si no de encontrar un equilibrio que permita que todas la opciones tengan voz y libertad.

“Necesitamos un impulso, porque existe un peligro real de que perdamos lo que hemos conseguido. De que la revolución fracase”, apostilla Hasan, musulmán practicante, pero liberal convencido.

info@javier-martin.org

1 opinión en “Primavera con peligroso aroma a otoño…”

Comentarios cerrados.